15 de marzo de 2010

La pérdida histórica del poder femenino.

Reproduzco una selección de fragmentos tomados de un interesantísimo artículo escrito por Francisca Martín-Cano Abreu para El Ciudadano, con el deseo de pensar que una sociedad distinta podría ser posible.
No me importa si se cumplieron en el pasado todas nuestras hipótesis sobre un posible matriarcado.
Lo que para mí es la cuestión central es: ¿qué mundo queremos construir para nuestrxs hijxs? ¿P
odemos cocrear nuestro futuro con la Gran Diosa Madre Tierra para devolver la paz y la justicia a la humanidad? ¿La matrilinealidad puede ser restaurada, resultará beneficiosa?
Yo creo que sí.

Factores que contribuyeron a la pérdida histórica del poder femenino

La familia matricéntrica, compuesta por la madre y los hijos, formaba una unidad económica autosuficiente: la madre proporcionaba los alimentos vegetales y los hijos los de la caza o pesca, por lo que era muy grande la influencia femenina en la sociedad. Ella desempeñaba el principal papel en el terreno económico, regía la estructura social y ejercía el poder.


Entre la madre y los hijos existirían lazos muy fuertes, mientras no existía vinculación varón-mujer, ni vínculos entre el padre e hijos (igual que pasa entre los primates). La razón principal estaría basada en el hecho de que el varón desconocía ser padre de sus hijos.

Al principio, todas las sociedades habrían pasado por una primera etapa de matrilinealidad. “Allá donde la descendencia se sigue por la línea femenina como lo era universalmente en el período arcaico… y cuando la descendencia sigue la línea masculina -a la cual pasó después de la aparición de la propiedad-…” (Morgan, 1987: 127).
 

Así que en la Prehistoria y en algunas regiones todavía a principios de los tiempos históricos, estuvo vigente una sociedad femenina pacífica (virginal) en la que lo femenino jugaba el principal papel en el mundo social. Las mujeres ejercieron las profesiones tanto relacionadas con la funciones alimenticias: físicas y culturales, como las funciones sagradas relacionadas con el sacerdocio. Desempeñaban el principal papel en el terreno económico y religioso. Lo corrobora la arqueología, ya que las más arcaicas obras de arte, presentan exclusivamente figuras femeninas: reinas sentadas en tronos y con coronas, recolectoras de vegetales y otros productos, agricultoras, cazadoras, alfareras, orfebres, metalúrgicas, colonizadoras, maestras, poetisas con manuscritos, músicas tocando diversos instrumentos musicales, sacerdotisas, artesanas, comerciantes…
 
Las mujeres ejercían su autoridad sobre sus descendientes matrilineales reunidos en tribus independientes: ejercía el poder político, económico y religioso.

“En las más antiguas culturas agrícolas, mandan sin ninguna traba las mujeres: la gran madre incluso tiene a sus servicio una corte de doncellas, hijas, nietas, parientes, etc.” (Laviosa, 1959: 67). Y “…son las mujeres las que dirigen la tribu por medio de un consejo…” (Baqué, 1958: 49).

Pero, a pesar de que desde el inicio de la cultura humana, la mujer había ejercido el poder político, religioso y económico, en un momento dado se la desplazó del ejercicio del poder y de la actividad productiva, se la relegó a segundo plano y empezó a desempeñar un papel subordinado; se produjo la evolución de la familia matricéntrica e implementación de la patriarcal y a la vez que la sociedad modificó sus actitudes pacíficas y emergieron conductas violentas y guerreras.
 
En época arcaica, dada la creencia en la ausencia de responsabilidad masculina en la procreación, el varón adulto no se responsabilizaba de los hijos de una mujer y no existía vinculación masculina: las primeras familias estaban compuestas por la madre e hijos (igual que pasa entre los primates).


Así, la mujer era fuerte junto a sus hijos, era autosuficiente económicamente y no necesitaba vincularse al varón. Existía la sucesión matrilineal por la certeza de saber quien era la madre de los descendientes.

Sin duda, en las primeras edades de la historia humana el milagro y la fuerza mágica de la mujer fue una maravilla no menor que el universo mismo, y esto dio a la mujer un poder prodigioso, y una de las preocupaciones principales de la parte masculina de la población ha sido destruirlo, controlarlo y emplearlo para sus propios fines (Campbell, 1991: 358).


Así que el varón empezó, en un momento dado, a vincularse a una mujer y a preocuparse de su sustento y el de sus hijos. Con el tiempo se instauró la institución del matrimonio, por lo que el esposo descargó a la esposa del esfuerzo de búsqueda de alimento, lo que posibilitaría el aumento considerablemente del número de nacimientos. Con ello se inició la gran expansión demográfica humana.

Y con la instauración de la institución del matrimonio, empezó la relación sexual monógama, por la que la mujer intercambiaba su disponibilidad sexual permanente a su pareja a cambio del sustento. De modo gradual entraría el nuevo modelo de familia e iría desapareciendo la antigua, coexistiendo en un tiempo.

Y es precisamente el surgimiento de la vinculación mujer-varón, el primero de los mecanismos que explican la pérdida del poder femenino. Fue justo cuando se vinculó el varón a la mujer y se comprometió a la consecución del sustento, cuando sucumbió el poder femenino.
 
Y desde la revolución patriarcal, las mujeres fueron oprimidas para que cumpliesen con el papel que se les adjudicaba: exclusivamente el de “procreadora”, para que engendrasen el mayor número de hijos para el estado y el de apoyo. Y tal situación ha estado en vigor durante varios milenios (hasta que hoy día la situación empieza a cambiar), a la vez que el padre adquirió todo el poder sobre los miembros de su familia.
 
Con la formación de la pareja y la vinculación varón-mujer, no sólo se rompió el lazo entre la autoridad de la madre sobre sus hijos, sino que además se rompió la vinculación horizontal entre mujeres, existente en la Prehistoria, fuente de su anterior poder y las ventajas que les reportaba cuando estaban unidas y eran las que daban estabilidad a la tribu, mientras los varones eran residentes temporarios.
 
Con el crecimiento de la familia como unidad económica importante, del bien productivo de los que la integran, vino el enriquecimiento.


Con el enriquecimiento apareció la propiedad privada. Y el igualitarismo de la etapa anterior se reemplazó por una estructura jerárquica vertical, y con ello sobrevinieron cambios discriminativos como la explotación.

Se originó el deseo de transmitir la propiedad a los hijos y para ello se aseguró que la herencia pasase a manos de los hijos varones; se impuso la herencia patrilineal, con lo que se reforzó el papel masculino.

Así que la riqueza es otro factor que explica la pérdida de poder femenino.

Y con la limitación de la libertad femenina, se fue pronunciando más el estado de sometimiento. Y consecuencia de ello sobrevino la revolución patriarcal y en unos pocos siglos la subordinación femenina.
 
Todos estos factores interactuando entre sí, contribuyeron poco a poco, a la modificación de la estructura social. En la sociedad se impuso otro modelo familiar, con una concepción de la vida basada en un modelo de dominio del varón. Nació la familia patriarcal, en la que el varón lo era todo, se dedicaba al mantenimiento familiar y se erigió en cabeza de familia.


Y para acelerar el cambio profundo de las ideas sociales, los defensores del nuevo modelo social, no dudarían en usar todo tipo de medios sobre la mujer, incluidos el recurso de la fuerza bruta, para eliminar los esquemas femeninos de su anterior poder enraizados en su conciencia.

Inhibirían en las mujeres sus actos de rebeldía, con diferentes métodos como: amenazas, coacciones y sobre todo usarían medios más sutiles de adoctrinamiento como los mitos, el arte, la literatura, las leyendas… de los que nos quedan testimonios, que influyeron en la visión inconsciente femenina, y modelaron sus actitudes.

Se impuso el gobierno y dominio masculino, que lo ejercía sobre la mujer, para imponerle fidelidad de forma agresiva, autoritaria, dominante. Y la sumisión terminó por ser natural. En el patriarcado la mujer se convirtió en fiel y sumisa.

Francisca Martín-Cano Abreu